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El Gran hermano o el Gran Interruptor (2ª parte)

by on 23 febrero, 2013

Muchos autores (Carr, 2008; Benkler: The Wealth of Networks, 2006) establecen tres factores claves para el desarrollo actual e inmediato de la World Wide Computer:

  1. La profusión de herramientas y capacidad de producción
  2. El incremento de acceso y tratamiento de la información
  3. La multiplicación de posibilidades de participación y creación a través de servicios y sistemas atractivos y sencillos

¿Es Internet una fuerza igualitaria?

Carr discrepa de Anderson (Long Tail) a la hora de reflexionar sobre el poder igualitario de la Red y la supuesta capacidad de esta para ofrecer un modelo igualitario de acceso a los sistemas de producción, distribución y comercialización. Frente al planteamiento de Anderson, Carr opina que “Aunque a simple vista lo parezca, esta visión no se c0rresponde a un mundo de igualdad económica, sino que se trata de la visión de un mundo en el que cada vez más la riqueza producida por los mercados terminará probablemente en manos de una parte reducida de individuos con un talento especial” (pág. 142), es decir, que se están generando oligarquías de notables que aprovecharán realmente las capacidades de la Red.

En esa controversia con las tesis de Anderson, Carr discrepa asimismo sobre la extensión y la capacidad real de sobrevivir los productos que se encuentran en el extremo de la larga cola; especialmente cuando se trata de productos culturales cuya producción sigue siendo cara (bien porque requieren el concurso de muchas personas, bien porque precisan de equipamientos caros, bien porque necesitan mucha dedicación en tiempo…) como sucede, por ejemplo, con los medios de comunicación de masas, el cine, etc., y se pregunta “¿podrán estos productos encontrar un público dispuesto a pagar lo suficiente como para respaldar su existencia o bien terminarán siendo expulsados del mercado como consecuencia de la proliferación de productos gratuitos y facilmente accesibles?”  Y subraya: “Aunque en teoría Internet tiene cabida para una variedad casi infinita de productos de información, esto no significa que el mercado sea capaz de darles cabida a todos. Algunos de los trabajos creativos más apreciados tal vez no sobrevirán a la transición al gran e indigente bazar de la red” (pág. 174) No es baladí que utilice el término “indigente” para referirse a ese bazar.

Abundando en esta idea, Carr considera que precisamente las facilidades de comunicación, de generación de redes y grupos, que otorga Internet pueden convertirse en un elemento de segregación más que de unión, de convergencia y de mixtura. Para apoyar sus tesis rememora un experimento llevado a cabo en el año 1971 por el economista Thomas Schelling en el que se demostraba cómo los grupos sociales tienden a concentrarse y a agruparse en función de sus características (raza, poder socio-económico, nivel cultural…) y a excluir, aún de forma inconsciente, a la diferencia. Cuando el “diferente” siente, aunque sea por pequeños detalles en ocasiones casi imperceptibles, que cada vez tiene menos elementos en común con la mayoría, tiende a buscar el grupo con el que presenta mayores coincidencias y se desplaza para agruparse con él. Y es que, según Schelling “las realidades sociales están configuradas no sólo por los deseos de la gente, sino también por la actividad de fuerzas ciegas más o menos mecánicas, en este caso fuerzas que pueden desarrollar preferencias personales menores y que pudieran parecer inofensivas, pero que terminan teniendo unas consecuencias perturbadoras y dramáticas” (cit. en pág. 154)

Para Carr, a pesar de que Internet puede, y debe “fomentar una cultura rica y variada”, advierte que también es posible que se produzca una polarización de los grupos sociales aumentada por la velocidad que permite la Red. “Cada vez que nos suscribimos a un blog, añadimos un amigo a nuestra red social, adjudicamos la categoría de correo indeseado a un mensaje de correo electrónico, o incluso seleccionamos un sitio de una lista de resultados de búsqueda, estamos tomando una decisión que define, de manera menor, con quién deseamos relacionarnos y la información que nos llama la atención. A causa de la existencia de una tendencia, por mínima que sea, a relacionarnos con gente parecida a nosotros podríamos terminar en comunidades todavía más polarizadas y homogéneas. A golpe de clic podríamos estar abriendo el camino a una sociedad fracturada” (pág. 154)

La no “neutralidad” de los filtros automatizados de información

“El efecto de polarización está siendo ampliamente incrementado por los algoritmos y filtros de personalización tan comunes en  Internet y que a menudo trabajan sin nuestro permiso e incluso sun nuestro consentimiento. Cada vez que compramos un libro en Amazon o alquilamos una película en Netflix o leemos una nueva historia en Reddit, el sitio recoge la información relativa a nuestra elección en un perfil personal que utilizará para recomendarnos productos o historias similares en el futuro. El efecto a corto plazo puede ser que nos ofrezcan artículos que de otra manera no hubiéramos podido encontrar. pero a la larga, cuantas más veces hacemos clic, más tendemos a restringir la información que vemos” (pág. 155) – Concepto de “personalización transparente” de Google.

Otro de los conceptos que está directamente relacionado con esta idea es el de “la amplificación ideológica”, o cómo la agrupación de diferentes sujetos que comparten una ideología o ideas comunes puede acentuar una visión sesgada y parcial de la realidad. Preocupa, en el caso de la Red, cómo los sistemas de filtrado y recomendación de información puede acentuar los aspectos más negativos de este fenómeno al fomentar que la información que se “edita” y llega a grupos sociales está tamizada por una determinada visión de la realidad. Nuevamente, frente a la idea de pluralidad que puede ofrecer la Red en su dimensión global, el uso de sus instrumentos puede conducir a producir un efecto completamente contrario.  Brynjolfsson y Van Alstyne señalan al respecto:

Los individuos que pueden filtrar el material que no cumple con sus preferencias actuales pueden formar camarillas virtuales y aislarse de los puntos de vista que se les oponen, reforzando sus tendencias (…) El consentimiento de estas preferencias pude tener el efecto perverso de intensificar y endurecer sus tendencias preexistentes (…) El efecto no es sólo una tendencia de los miembros para acatar la media del grupo, sino una radicalización que desplaza esta media hacia los extremos” (Cit. pág. 159)

¿Su cantidad genera calidad?

A juicio de Carr, la cantidad de información no puede, tal vez no sea, un indicador de calidad. “Si el nuevo comercio sirve como indicativo, la “basura” que termine siendo seleccionada de nuestra cultura podría incluir productos que mucha gente considera “lo bueno”. Lo que se sacrifica puede que no sea lo anodino, sino la calidad. Podemos encontrarnos con que la cultura de la abundancia que se está produciendo en el World Wide Computer no es más que una cultura de la mediocridad, con muchos kilómetros de anchura, pero con una profundidad de escasos centímetros” (pág. 152)

¿Cómo cambia la prensa en Internet?

“La naturaleza de la prensa como medio de información y de negocios al mismo tiempo, muda cuando pierde su forma tangible y se traslada a Internet. Se lee y gana dinero de una manera diferente. Un periódico impreso proporciona un despliegue de contenido (…) todo ello integrado en un solo producto (…) El objetivo de los editores consiste en lograr que el paquete completo resulte lo más atractivo posible para el grupo más amplio de lectores y anunciantes. El conjunto del periódico es lo que importa y como producto vale más que la suma de sus partes. Cuando un periódico se traslada online, el conjunto se desintegra” (pág. 149) Los usuarios comienzan a consumir de una forma aleatoria, individualizada y multiescópica, atomizada.

Este modelo es sostenible posiblemente para muchos géneros y formatos de información, pero se plantea un problema en aquellos tipos de producción informativa que requieren inversión. “En general, los artículos sobre temas serios y complejos, como la política, la guerra y los asuntos exteriores, no consiguen genera buenos ingresos de publicidad. La producción de este tipo duro de periodismo suele ser cara. (…) Cuando está integrado en una edición impresa, el periodismo duro puede suponer una considerable aportación  al valor general del periódico. (…) Sin embargo, gran parte del periodismo duro online es difícil de justificar económicamente” (pág. 150)

La construcción de la identidad propia y colectiva en la Red

Internet lo convierte todo, desde la recopilación de noticias hasta la creación de comunidades, en una serie de minúsculas transacciones (expresadas principalmente a través de clics sobre los enlaces) que aisladamente resultan muy simples, pero que en conjunto son extraordinariamente complicadas. Cada uno de nosotros puede efectuar cientos o miles de clics en un día, algunos deliberadamente, otros sin querer o por impulso, y mediante todos ellos estamos construyendo nuestra identidad, dando forma a nuestra influencia y creando nuestras comunidades. Cuanto más tiempo pasamos online y hagamos más cosas, la acumulación de nuestros clics dará forma a nuestra economía, nuestra cultura y nuestra sociedad. (pág. 160)

La fantasía del anonimato de la Red

Otra de las ideas generalizadas que pone en cuestión Carr es el supuesto anonimato de la Red. Frente a la extendida idea de que tenemos la capacidad de actuar sin dejar rastro dentro de Internet, cada vez somo más conscientes de en qué medida todos nuestros actos son registrados, analizados y custodiados, no ya sólo por los estados, sino por las grandes corporaciones que saben la relevancia que poseen estos para sus estrategias comerciales. “A través de los sitios que visitamos y las búsquedas que hacemos, revelamos detalles sobre nuestro trabajo, aficiones, familia, política y salud, pero también nuestros secretos, fantasías, obsesiones, pecaditos e, incluso en el más extremo de los casos, delitos (…) La información detallada sobre todo lo que hacemos online se recoge, se almacena en bases de datos gubernamentales o corporativas y se conecta con nuestras identidades reales, ya sea explícitamente a través de nuestros nombres de usuario, el número de nuestras tarjetas de crédito y las direcciones IP que se asignan automáticamente a nuestros ordenadores o directamente a través de nuestro historial de búsqueda y navegación” (pág. 176)

Pero es más; este almacenamiento masivo de nuestros datos, combinado con potentes sistemas de tratamiento y análisis (web mining) de los mismos, tanto de forma individual como combinada, favorece la creación de perfiles de usuario tan sofisticados que permiten predecir nuestros comportamientos incluso antes de que tengamos la voluntad de llevarlos a cabo. En relación a un conocido caso de publicación de datos privados ocurrido con la empresa AOL, “cinco expertos de la Universidad de Minnesota presentaron la publicación titulada “You Are What You Say: Privacy Risk of Public Mentions” en la que describen la forma en la que pueden utilizar los programas de software para efectuar conexiones entre bases de datos online. Al revelar coincidencias de los datos, los programas suelen crear perfiles personales de individuos muy detallados, aunque hayan proporcionado la información de forma anónima” (pág. 178)

Y es que, en el fondo, como aseguraba Scott McNealy ya en 1999, “no existe privacidad en la Red y hay que aceptarlo”. “Mientras los matemáticos y los científicos informáticos continúan elaborando sofisticados algoritmos de extracción de datos, están descubriendo nuevas formas de predecir las reacciones de las personas cuando se les ofrece información online u otros estímulos. Están aprendiendo no sólo a identificar personas, sino a manipularlas” (pág. 179) En opinión de Carr, todas estas tecnologías de la Red basadas en la personalización, lejos de estar diseñadas bajo parámetros de satisfacción del usuario, que es en función de los ideales bajo los que se presentan, son auténticos y poderosos “mecanismos de control”, puesto que “han sido diseñadas como herramientas para controlar e influenciar el comportamiento humano” (pág. 180) Un control que opera a través de dos procedimientos básicos (Cit. James R. Beniger, en La revolución del control): la recogida y tratamiento de datos para conocer cuánta diferencia hay entre el estado de un sistema en el momento actual y su estado deseable, y dos, la transferencia de información y las acciones que se derivan de esta, encaminadas a reducir la entropía del sistema y llevarlo a su estado deseable. En ese proceso, común a todos los sistemas tanto biológicos como sociales, para Beniger “las tecnologías de los microprocesadores y ordenadores, al contrario de las opiniones actualmente al uso, no son fuerzas nuevas que han llegado recientemente a una sociedad sin preparación para ellas, sino sólo la última aportación de desarrollo continuo de la Revolución del Control” (cit. en pág. 183)

“Aunque Internet carece de centro, técnicamente hablando, el control se puede ejercer utilizando código fuente desde cualquier lugar. En comparación con el mundo tangible, la difererencia cosiste en que las acciones de control son más dificiles de detectar y las de ejercicios del control más dificiles de discernir” (pág. 186)

“El uso corporativo de mayor alcance del World Wide Computer como tecnología de control no servirá para optimizar lo que hacemos como empleados, sino para optimizar nuestro comportamiento como consumidores” (pág. 190) “Quizá la manifestación del triunfo del consumismo en la red sea el fenómeno encabezado por las comunidades populares como MySpace, que estimulan a sus miembros para que sean amigos de corporaciones y productos” (pág. 191)

Si a esto les sumamos las inciativas que, como la Ley Hadopi francesa, están encaminando cada vez más la gobernanza de Internet hacia un sistema muy controlado, es facilmente imaginable cuál es el grado de control que opera sobre nuestras actuaciones dentro de la Red.

Conectando personas e inteligencia colectiva

“Internet no sólo conecta máquinas de procesamiento de la información, sino que también conecta a las personas. Las conecta con las demás y también con otras máquinas. Nuestra inteligencia forma parte de la capacidad del World Wide Computer en la misma media que la inteligencia integrada en códigos fuente o en microchips. Cuando accedemos a Internet nos convertimos en nódulos online. (…) Aunque algo rudimentaria, Internet es una máquina que piensa y que recoge y analiza activamente nuestros pensamientos y desos cuand los expresamos a través de las opciones que hacemos cuando estamos online (lo que hacemos, adónde vamos, con quién hablamos, lo que descargamos, qué enlaces usamos y cuáles ignoramos). Cuando se reúnen y se almacena miles y miles de millones de pequeños bits de inteligencia, la red forma lo que el escritor John Battlelle denomina “una base de datos de intenciones humanas” (203)

Pero los planes de las empresas de digitalizar el patrimonio cultural de los tangibles e intangibles va más allá de la preservación y recuperación de información; preguntado sobre la naturaleza del proyecto de Google Books de digitalizar todas las bibliotecas, un ingeniero comentó que el objetivo no era que los libros lo lea la gente, sino una Inteligencia Artificial.

Lo protésico: “Si cada vez confiamos más en el vasto almacén de información de Internet a modo de extensión o incluso de sustituto de nuestra propia memoria, ¿va a cambiar nuestra manera de pensar? ¿Se alterará el modo en quen consideramos nuestro propio ser y nuestras relaciones con el mundo? A medida que vamos añadiendo inteligencia a la red, la inteligencia de cada uno de nosotros, ¿aumentará o disminuirá? (209)

Y es que, ahora más que nunca, “el medio es la mente. Conforma lo que vemos y cómo lo vemos” (211) Sus condiciones formales, sus modelos de acceso, sus formas de organizar, recuperar, tratar y consumir la información establecen una nueva forma de conocer y de aprender la realidad, de tratar con ella, de comunicarnos…

Epitafio

“Todos los cambios tecnológicos son generacionales. El poder absoluto y las consecuencias de la nueva tecnología se revelan sólo cuando aquellos que han crecido con ella se han convertido en adultos y han comenzado a apartar a sus caducos padres hacia un lado. A medida que vayan desapareciendo las generaciones más viejas, con ellas irá despareciendo también el conocimiento de lo que perdimos cuando surgió la nueva tecnología y sólo permanecerá el sentido de lo que se ha ganado” (216)

Referencia bibliográfica:

Carr, Nicholas (2008) El gran interruptor. Barcelona: Ediciones Deusto.

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